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Facturas falsas: el nuevo riesgo que puede llevar a una empresa de un problema fiscal a un proceso penal
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Facturas falsas: el nuevo riesgo que puede llevar a una empresa de un problema fiscal a un proceso penal

Ago 29, 2026

Durante años, la compra de facturas fue considerada por algunos contribuyentes como una vía rápida para disminuir la carga fiscal. Sin embargo, lo que alguna vez pudo parecer una estrategia para pagar menos impuestos hoy puede convertirse en un riesgo que trasciende lo administrativo y llegar incluso al terreno penal.

El cambio responde a un entorno de mayor vigilancia sobre las operaciones financieras y fiscales de las empresas. Con las modificaciones a las Reglas de Carácter General de la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita (LFPIORPI), publicadas el pasado 7 de agosto de 2026, se refuerzan aspectos como la identificación del cliente, el beneficiario controlador y la gestión basada en riesgos para quienes realizan actividades vulnerables.

Para Noé Amaro Luis, especialista en Derecho Fiscal, Financiero y Prevención de Lavado de Dinero de AYA Legal & Compliance, el cambio más importante es la manera en que las empresas deben entender sus propias operaciones.

“Hoy ya no basta con tener un CFDI. La autoridad puede cuestionar de dónde salió el dinero con el que se pagó, quién recibió los recursos, si existe una operación real y si hay evidencia documental que respalde cada movimiento”, explica.

La diferencia entre una operación legítima y una simulada comienza precisamente ahí. Una factura puede existir en los sistemas fiscales, pero si la empresa no puede demostrar que detrás del documento hubo un servicio, una compra o un intercambio real, el comprobante puede convertirse en una fuente de problemas.

Uno de los principales focos de atención son las llamadas empresas factureras y los esquemas de simulación de operaciones. A través del artículo 69-B del Código Fiscal de la Federación, el SAT cuenta con mecanismos para presumir la inexistencia de operaciones cuando detecta que una empresa emite comprobantes sin contar con la capacidad necesaria para realizar aquello que está facturando.

“Una factura sin materialidad puede dejar de ser un asunto administrativo y convertirse en un problema penal. La diferencia entre una deducción legítima y una operación simulada está en la capacidad de demostrar que el servicio, producto o intercambio realmente ocurrió”, señala Amaro Luis.

El riesgo tampoco termina en quien emite una factura irregular. También puede alcanzar a la empresa que decide utilizarla.

Por ello, recomendaciones aparentemente inofensivas como “yo te consigo la factura” pueden esconder consecuencias importantes. Para los empresarios, confiar en proveedores o asesores que ofrecen reducir impuestos mediante operaciones sin sustancia económica puede comprometer no sólo una declaración fiscal, sino la estructura completa de un negocio.

El escenario se vuelve todavía más complejo cuando entra en juego el lavado de dinero. Aunque tradicionalmente se relaciona con actividades del crimen organizado, las autoridades han incrementado la atención sobre la manera en que recursos de origen desconocido pueden circular a través de empresas y operaciones aparentemente normales.

“Actualmente el lavado de dinero puede pasar por una empresa, una transferencia bancaria, una factura, un activo virtual o una operación comercial aparentemente normal. Ya no es un tema lejano; es un riesgo que puede aparecer dentro de cualquier organización”, explica el especialista.

Esto significa que conceptos como conocer al cliente, identificar al beneficiario controlador o documentar el origen y destino de los recursos adquieren una relevancia cada vez mayor.

Las pequeñas y medianas empresas enfrentan un desafío particular. A diferencia de los grandes corporativos, muchas no cuentan con departamentos jurídicos o de compliance dedicados exclusivamente a revisar este tipo de riesgos.

“Las pequeñas y medianas empresas son las que enfrentan un mayor reto porque muchas veces no cuentan con departamentos especializados de cumplimiento. Sin embargo, hoy el compliance dejó de ser exclusivo de grandes corporativos; es una necesidad para cualquier negocio”, advierte Amaro Luis.

La revisión tampoco debería limitarse a las facturas. Determinados esquemas de pago relacionados con productividad, pensiones o asimilados a salarios también pueden convertirse en señales de alerta cuando no corresponden con la realidad de la relación comercial o laboral.

“Si un pago no corresponde a un servicio, una relación laboral o una operación comprobable, puede ser recaracterizado por la autoridad fiscal y convertirse en una alerta para otras instituciones como la Unidad de Inteligencia Financiera”, comenta.

Ante este panorama, la recomendación para los empresarios es cambiar la lógica: la documentación debe construirse antes de que exista una auditoría, no cuando la autoridad ya está preguntando.

Contratos, entregables, comprobantes, evidencia de los servicios realizados, información de proveedores y clientes y registros de los pagos pueden ser determinantes para demostrar la materialidad de una operación.

También resulta indispensable revisar con quién se hacen negocios, verificar la información de los proveedores, capacitar al personal encargado de facturación y pagos y determinar si la empresa realiza actividades consideradas vulnerables bajo la legislación antilavado.

El mensaje para el sector empresarial es cada vez más claro: una factura no cuenta toda la historia.

La autoridad puede mirar más allá del CFDI para entender qué operación existió realmente, quién participó, cuánto dinero se movió, de dónde provino y cuál fue su destino.

En una época en la que las empresas enfrentan mayores controles fiscales y financieros, la prevención deja de ser un gasto adicional para convertirse en una herramienta de protección.

Porque el verdadero valor de una operación no está únicamente en poder facturarla, sino en tener los elementos suficientes para demostrar que ocurrió, que tuvo sustancia económica y que el dinero detrás de ella tiene un origen legítimo.

La “factura fácil” puede parecer una solución rápida. Pero en el nuevo escenario fiscal mexicano, lo barato puede terminar siendo mucho más caro.